Los humanos de bata blanca castigaban a los monos si fallaban en sus ejercicios de entrenamiento. El 30 de enero, la víspera del vuelo, hicieron la selección final. En principio, tenían previsto elegir al primer astronauta en esta misma etapa. Eligieron a un chimpancé macho como primer piloto y a una hembra como auxiliar. Las Fuerzas Aéreas habían comprado aquel macho a un suministrador del Camerún, Africa Occidental, hacía 18 meses, cuando el anima! tenía unos dos años. Durante todo este tiempo, habían llamado a los animales con números. Este era el sujeto experimental número 61. Pero el día del vuelo, el nombre que se dio a la prensa fue el de Ham. Ham era un acrónimo de Holloman Aerospace Medical Center.
Antes del amanecer del 31 de enero, despertaron a Número 61 y le sacaron de la jaula, le dieron de comer, le hicieron una revisión médica, le colocaron los biomedidores (le colocaron las placas de castigo en los pies), le pusieron en su cubículo, cerraron la escotilla y le despresurizaron. Otro maldito día con aquellos incansables humanos rompehuevos de bata blanca. Los veterinarios pusieron el cubículo en la camioneta y trasladaron al chimpancé a la rampa de lanzamiento, que quedaba fuera, junto al mar. El sol ya estaba alto, y se alzaba relampagueante un cohete blanco con una cápsula Mercury y una torre de emergencia arriba, y colocaron a Número 61 en un ascensor, sin sacarle del cubículo, en el andamiaje de lanzamiento que había junto al cohete y luego metieron el cubículo en la cápsula. Allí había más de 100 ingenieros y técnicos de la NASA, preparando el vuelo, controlando los cuadros de mando, y había también un equipo completo de veterinarios controlando los indicadores que comunicaban los latidos cardíacos del mono, su proceso respiratorio y su temperatura. Había centenares de hombres más de la NASA y de la Marina por el Atlántico, junto a las Bermudas, formando una red de comunicación y recuperación.
Era la prueba más importante de toda la historia del programa espacial y todos se estaban esforzando al máximo.
Tardaron cuatro horas en poder activar el cohete. El mayor problema fue un inmersor, un instrumento destinado a impedir ondas autónomas de energía en el sistema de control de la cápsula Mercury. El inversor se recalentaba. Y durante todo este tiempo, durante la «pausa», como ellos llamaban a la demora, Chris Kraft, el director del primer vuelo con mono, lo mismo que habría hecho en el primer vuelo humano, no hacía más que preguntar qué tal estaba el mono, suponiendo, al parecer, que el largo encierro le pondría nervioso. Los médicos comprobaban entonces sus indicadores. El mono no parecía tener un solo nervio en el cuerpo. Estaba allí tumbado en su cubículo como si estuviera en casa. ¿Y por qué no?
Para el mono, cada hora de retraso era como una fiesta. ¡Sin luces! ¡Sin descargas eléctricas! ¡Paz, gloria! Le dieron dos sesiones de instrucciones de quince minutos con las luces, sólo para mantenerle alerta. Por lo demás, era perfecto. ¡«Pausa» por una eternidad! ¡No dejes que nada te detenga!
Cuando lo activaron, poco antes del mediodía, el cohete subió en un ángulo un poco más alto de lo previsto, aplastando a Número 61 contra su asiento con una fuerza de 17 G, es decir, 17 veces su propio peso, 5 G más de lo previsto. Los latidos cardíacos se dispararon por la presión, pero el mono no se asustó en absoluto. Había pasado por aquella misma sensación varias veces en la centrifugadora. Mientras aguantase y no se moviese, no le atizarían con aquellos malditos rayos azules en las plantas de los pies. En este mundo, había cosas mucho peores que las fuerzas G… Luego, pasó al estado de ingravidez, mientras volaba camino de las Bermudas, e hicieron parpadear las luces en su cubículo, y el pulso del mono se normalizó. La mierda de siempre. ¡Lo principal era evitar aquellos rayos azules en los pies!… Empezó a pulsar botones y a mover mandos como un organista perfecto, sin olvidar ni una señal… Luego, los retropropulsores del Mercury se dispararon automáticamente y la cápsula bajó de nuevo cruzando la atmósfera, haciendo el mismo ángulo que había hecho al subir. Número 61 soportó en la bajada otros 14,6 G, que le dieron la sensación de que iban a saltarle de las órbitas los globos oculares. Pero había pasado también varias veces por aquello de las órbitas en la centrifugadora. Había cosas bastante peores. Había cosas bastante peores que la sensación de que te saltaban los ojos de las órbitas… Por ejemplo, aquellos malditos rayos azules de los pies… En lo relativo al simple vuelo espacial, Número 61 no tenía miedo en absoluto. El animal había sido condicionado operativamente, insensibilizado aeroespacialmente.
El ángulo alto de lanzamiento motivó también el que la cápsula cayese a 211 kilómetros de la zona prevista. Así que un helicóptero de la Marina tardó dos horas en encontrar la cápsula en el Atlántico y llevarla a bordo de un barco de recuperación. La cápsula y el mono se balanceaban entre olas de más de dos metros. El agua había empezado a entrar por donde se había roto la bolsa de aterrizaje por lo agitado del mar. La cápsula resollaba y gorgoteaba con agua y se balanceaba como un balón entre las olas. No habría seguido a flote mucho tiempo. Se habían filtrado ya en su interior 320 kilos de agua. Para un ser humano cuerdo y normal habrían sido dos horas de espantoso terror. La cápsula fue transportada al Doner, un barco de recuperación, y la abrieron y sacaron el cubículo del mono y abrieron la escotilla. Allí estaba el mono, tumbado con los brazos cruzados. Le ofrecieron una manzana y la cogió y la comió con fruición, como si estuviera gloriosamente aburrido. Aquellas dos horas de balanceo en mar abierto con olas de más de dos metros en un cubículo cerrado parecido a un ataúd habían sido… ¡quizás el mejor rato que había pasado en aquella mísera tierra de los batas blancas! ¡Sin voces! ¡Sin golpes! ¡Sin descargas ni rayos, sin nadie que le tocase los huevos!…
Los astronautas y casi todos los que participaban de algún modo en el Proyecto Mercury estaban muy contentos. Ya no había forma de que Kennedy y Wiesner intervinieran para impedirles hacer por lo menos un vuelo tripulado. Quedaba borrada la impresión del día del corcho de la botella de vino espumoso.
Al día siguiente, a última hora, llevaron a Número 61 de nuevo al Cabo y al Hangar S, donde había una gran muchedumbre de periodistas y fotógrafos esperando fuera del recinto, junto a la cápsula Mercury que había sido utilizada para el entrenamiento. Los veterinarios sacaron al mono de la camioneta. Al echarse encima la gente y empezar a relampaguear los flashes, el animal (el valiente y pequeño Ham, como se le conocía ahora) se puso furioso. Empezó a enseñar los dientes. Empezó a lanzar dentelladas a aquellos cabrones.
Los veterinarios apenas podían sujetarle. La prensa, la Gente Respetable, interpretó inmediatamente esto (¡sobre el terreno!) como una comprensible reacción a la terrible experiencia por la que acababa de pasar. Los veterinarios volvieron a meterle en la camioneta hasta que se calmó y allí lo tuvieron. Entonces volvieron a sacarle, e intentaron llevarle junto a una falsa cápsula Mercury, donde las cadenas de televisión habían instalado las cámaras y unas luces potentísimas. Periodistas y fotógrafos volvieron a echarse encima, chillando, gritando, soltando más flashes, empujando, gruñendo, maldiciendo (el espectáculo de siempre, en suma) y el animal se enfureció otra vez, dispuesto a arrancarle la cabeza a cualquiera que le pusiera la mano encima. La Gente Respetable interpretó esto como manifestación del temor natural de Ham a contemplar otra vez la cápsula, que era exactamente igual que la que le había llevado al espacio y le había sometido a tensiones físicas tan dolorosas.
Las tensiones a las que el mono reaccionaba probablemente fuesen de un género completamente distinto. Allí estaba otra vez, en el recinto donde le habían hecho repetir todos aquellos ejercicios durante un mes seguido. Hacía dos años que le habían capturado en las selvas de Africa, le habían separado de su madre, le habían traído en una jaula hasta aquel madito desierto de Nuevo Méjico, le habían tenido preso, y toda una pandilla de humanos de bata blanca le habían pinchado y machacado de formas diversas, y allí estaba de nuevo en un recinto donde habían estado torturándole durante todo un mes y de pronto aparecía toda una nueva horda de humanos… ¡aquello era aún peor que los batas blancas!… ¡Eran más escandalosos! ¡Más chiflados! ¡Estaban absolutamente locos! ¡Chillaban, gruñían, aullaban, hacían explotar luces junto a sus cráneos de ojos saltones! ¡Qué no podrían hacerle aquellos chiflados! Ni hablar…
En determinado momento de semejante escena manicomial, se tomó una foto en la que Ham o sonreía o hacía una mueca que en la fotografía parecía una sonrisa. Naturalmente, ésta fue la imagen que los servicios de noticias transmitieron y que se publicó en los periódicos de todo el país. Aquélla era la reacción del feliz chimpancé ante el hecho, de ser el primer mono espacial… una sonrisa generosa y feliz… Así era la perfección con que la Gente Respetable respetaba las convenciones.